sábado, 30 de enero de 2010

Capítulo 2 (parte 2)

Al salir, miré a mi alrededor y el resplandor blanquecino que había visto en las Alas del Ángel pasó ante mí rápidamente por lo que hice aparecer mis Alas y lo seguí. A pesar de lo rápido que iba, logré darle alcance y tuve que tirarme encima de él para detenerlo.
Ambos acabamos en el suelo en un revoltijo de brazos y piernas hasta que logré apartarme y mirarle a la cara. Su pelo de color castaño brillaba a la luz de la luna y sus ojos verdes oscuros me miraban. El silencio se cernió sobre nosotros así que aproveché para decirle.
-Espero que tengas una buena excusa para estar en aquella ventana mirándonos. ¿Es que eres su protector o algo parecido?
El Ángel se sentó y me miró con cierto enfado por el placaje que le acababa de hacer así como así.
-Estaba allí porque aquellos chicos son mis hermanos...
Sorprendida ante tal revelación, me aparté y lo miré. ¿Él era el hermano que murió en el accidente? Rápidamente intenté disculparme por mi comportamiento.
-Lo siento, no lo sabía, no pensé que tú habías tenido el privilegio de ser Ángel.
-La forma en que morí por lo visto fue cruel y por eso decidieron hacerme Ángel. ¿Se puede saber qué le pasó a mi hermano Stefan?
-Badariel lo atacó.
-¿Badariel?
-Sí.
El chico le dio un puñetazo a la hierba en la que habíamos caído hacía tan solo unos minutos.
-Iba a cumplir su promesa, el muy...
-¿Su promesa?- le corté a oír lo que acababa de decir- ¿Qué promesa?
Él me miró con preocupación en sus ojos y contestó:
-Me dijo que mataría a los seres que más quería por haber matado a su pareja.
-¿Pareja?
-Sí, una Ninfa Caída. Atenea creo que se llamaba. Pensé que no cumpliría su promesa.
-Bueno, puedes estar tranquilo, yo misma lo maté. Ya no podrá cumplir su promesa- le dije con un tono amargo en mi voz y bajando la mirada.
Supe que él se había percatado porque enseguida me obligó a mirarlo a los ojos.
-¿Tenías alguna razón para matarlo?- asentí lentamente- ¿Qué pasó?- me preguntó.
Yo no sabía cómo empezar a contarle, no me salían las palabras en aquel momento así que lo que hice fue apoyar mi mano a la altura del corazón de él y le transmití recuerdos de mi vida, antes de morir, junto a Badariel. Luego le mostré lo que me había dicho hacía un rato, antes de acabar con él y supe que sintió el hondo dolor que me consumía al recordar todo esto.
Una vez terminé de transmitir mis recuerdos, corté el lazo que nos estaba uniendo a través de mi mano y nos miramos a los ojos.
-Intenté matarlo otras veces pero no lo conseguí pensando que aún él podía sentir algo por mí y cambiar pero me equivoqué, esta noche me demostró que realmente quería que fuera su... su...- quería llorar pero mis lágrimas estaban atascadas y no podían salir.
Sus manos se posaron en mis hombros y lo miré.
-No sigas, ningún Ángel Caído cambiaría su vida de libertinaje por alguien tan puro como una Ninfa de los Cielos, ya tienen a las Ninfas Caídas.
-Lo sé, quizás deseé imposibles.
-Estabas enamorada. Al menos esta noche viste de la calaña que estaba hecho y ahora dejarás de sufrir.
-Es posible.
-Si lo que me cuentas es cierto, entoces debo agradecerte que hayas salvado a mi hermano Stefan y hayas hecho sonreír un poco a Ronny.
-Te echa mucho de menos. Se siente mal por no recordar qué sucedió el día del accidente. Intenté ver algo pero no pude observar mucho. Ya sabes, podría sentirse mal ante la invasión en su interior.
-Ya...
-¿No recuerdas nada de lo que sucedió en el accidente?
Él negó con la cabeza y al igual que Ronny, se lo veía frustrado. Su gesto era muy parecido al del chico.
-Absolutamente nada y no lo entiendo porque todos los Ángeles y las Ninfas recuerdan su muerte.
-Quizás es mejor que no recuerdes nada, no es nada agradable recordar la forma en la que mueres y más si es de una forma tan cruel como las que hemos sufrido todos nosotros.
-¡Mi hermano está en una silla de ruedas y puede que haya sido por mi culpa! ¡Necesito saberlo!
-¿Has probado a que alguien invada tus recuerdos?- le pregunté.
-Sí y no consiguen nada, dicen que se topan con una especie de muro que no les deja ir más allá.
-No es normal que suceda eso.
-Eso me dicen todos y nadie es capaz de entender cómo me siento.
Hubo un momento de silencio y lo miré de frente para preguntarle:
-¿Y cómo te sientes?
Él, que había bajado la mirada, la elevó para mirarme a la cara, al parecer, era la primera vez que alguien le hacía esa pregunta y se sorprendió bastante de que yo, una Ninfa con un aspecto tan frágil como presentaba en ese momento, le preguntara cómo se sentía cuando debería estar lamiendo mis heridas.
-Sinceramente, me siento mal y culpable. Tengo la sensación de que podía haber evitado el accidente y en cambio, mírame, me he convertido en un Ángel que lucha contra Ángeles Caídos y no recuerda como fue su propia muerte. Culpable de saber que mi hermano está postrado en una cama y que no pueda andar como los demás chicos de su edad para salir a conocer chicas como hacen todos. Mal de ver a mis padres y a mis hermanos intentar salir adelante, cargando con la tristeza de mi muerte. Verlos y no poder acercarme a decirles que estoy bien me hace sentir como una aunténtica mierda.
Ante tales palabras, mis lágrimas lograron salir a causa de la empatía que estaba sintiendo por ese chico que no era capaz de recordar tan fatídico día para él y su familia. En cambio, yo siempre iba a cargar con saber que morí a causa de una acusación que no fue cierta.

viernes, 29 de enero de 2010

Capítulo 2 (parte 1)

-¿Artemisa?- me preguntó- ¿ese no es el nombre de una diosa griega?
-Sí, la diosa de la caza- dije tratando de sonreír.
Él hizo una mueca de dolor disimulado con una sonrisa.
¿Y te identificas con tu nombre?
Estaba llegando lejos con las preguntas y era momento de callar.
-Quizás sí o quizás no- contesté minetras cogía la venda y la enrollaba alrededor del muslo de Stefan- ¿por qué tu hermano no puede bajar las escaleras?- pregunté cambiando de tema.
Stefan se puso serio y me miró, me mordí el labio inferior y aparté la mirada.
-Mi hermano...- me dijo- no puede caminar.
-Lo siento, quizás no debí haber preguntado.
-No te preocupes. Ya es hora de que hable de esto con alguien porque mis padres ya sufren bastante y me quedo callado para no verlos sufrir más.
Casi sin darme cuenta, coloqué mi mano en su pierna sana y lo miré a los ojos.
-¿Qué le pasó?
-Tuvo un accidente con mi hermano mayor.
-¿Tienes otro hermano?
-Tenía, murió en el accidente.
-Lo siento- dije sinceramente- ¿tus padres no están aquí?- pregunté mirando a mi alrededor.
-Me independicé hace tiempo y Ronny se vino a vivir conmigo después del accidente, no soportaba tanta tristeza y que sintieran pena de él.
-Entiendo...
Mientras él se desahogaba, yo apoyé una de mis manos en la herida y tras concentrarme un poco alivié el dolor de Stefan lo máximo posible sin que se diese cuenta. Luego aparté mi mano sin dejar de mirarle e intenté poner toda la atención posible.
-Lo peor de todo es que Ronny no recuerda nada de lo que pasó en el accidente y se siente frustrado, no sabemos lo que sucedió ese día.
Suspiré. Sabía que yo podía ayudar a ese chico con mis poderes pero si lo hacía, corría el riesgo de que me descubrieran y permanecer en la Tierra pasando desapercibida era una de las primeras reglas que debíamos cumplir las Ninfas de los Cielos.
Perdida en mis pensamientos como estaba casi ni me di cuenta de que mi móvil estaba vibrando. Cuando salí de mi ensimismamiento, advertí que Stefan me miraba.
-Creo que tu móvil está sonando.
Metí la mano en un bolsillo que llevaba oculto en el vestido del cual saqué mi móvil. Al mirar la pantalla y ver el nombre, suspiré y me levanté mirándolo.
-¿Algún sitio donde pueda hablar a solas? Es...- me quedé callada un momento sin saber qué decir y luego dije lo primero que me vino a la cabeza- mi madre.
-Puedes hablar en la cocina- dijo él intentando levantarse y pude ver que no sentía dolor alguno- vaya, eres una buena enfermera- me comentó- apenas me duele. Bueno, puedes hablar aquí, yo voy a llevarle los medicamentos a mi hermano ahora que puedo.
Asentí y cuando lo vi salir, me acerqué el teléfono a la oreja.
-Artemisa, ¿se puede saber dónde estás?
-En la casa de un chico al que acabo de salvar de morir a manos de Badariel- contesté rápidamente- estaba herido y no podía dejarlo tirado.
-Dime que no ha visto tus alas... y que tampoco has usado tu poder para curarlo.
-Tranquila he sido lo más humana que he podido. Estos dos chicos necesitan a alguien que los cuide, que vele por su seguridad. Uno de ellos se ha quedado paralítico y al que salvé, lo atacaron hoy, es posible que Lucifer envíe a alguien para acabar con el trabajito de Badariel- dije sin poder contener mi enfado al nombrar al hombre que había arruinado lo que fui.
-¿Conseguiste matar a Badariel?
-Sí, al fin acabé con él.
-Entonces tenemos que hablar tú y yo, quiero verte. Aquí en media hora ¿entendido?
-Tengo que hacer una cosa primero, podemos hablar mañana.
-Artemisa, estoy harta de tener que recordarte quien manda aquí, que seas una de mis mejores Ninfas no quiere decir que tengas libertad de movimientos, así que en media hora quiero verte aquí.
Suspiré ruidosamente y al final acepté, por lo que tendría que despedirme de Stefan y salir pitando hacia los Cielos, donde me esperaba Afrodita, la jefa de las Ninfas de los Cielos. Al menos podría ver a Isis y a Adara que habían ido allí hace una semana y aún no habían vuelto a la Tierra o quizás sí habían vuelto pero no al sitio donde yo ahora misma estaba. Esperé un par de minutos y al ver que Stefan no bajaba, decidí subir las escaleras que me llevaban al piso superior.
Cuando llegué arriba vi una puerta al fondo y me acerqué lentamente. Sin hacer ruido me asomé y vi a Stefan sentado en una cama junto a un chico de unos dieciséis años bastante parecido a él.
-Stefan, no me mientas, dime qué te pasó en la pierna ¿por qué la tienes vendada?
-A ti no se te puede mentir ¿eh? Está bien, un tipo me atacó en el parque pero no llegó a más, una chica que pasaba por allí me ayudó. Precisamente ella está aquí y me curó la herida.
-¿Es guapa?
-Guapísima.
-Eso es una suerte, hermano, la verdad que sí.
Yo sonreí levemente al ver lo bien que se llevaban.
-Me gustaría conocerla.
-Pillín, lo que quieres es ligar con ella- le dijo Stefan sonriendo.
Ronny miró hacia la puerta y me vio. Vi que me sonreía y luego miraba a su hermano para decirle.
-Creo que no tardaré mucho en conocerla, está ahí mismo.
Mordiéndome el labio, abrí la puerta y entré en la habitación bajo la atenta mirada de los dos hermanos, ambos muy parecidos entre sí.
-Hola- dije sonriendo levemente.
Stefan se levantó y se acercó a mí.
-Ronny, esta es Artemisa.
Me acerqué a la cama y le tomé la mano que él me tendía. Pensé en utilizar mis poderes para intentar ver el pasado, justo el día del accidente pero si permanecía mucho tiempo con mi mano en la suya, se daría cuenta de mi invasión. Por suerte, sólo llegué a ver un coche que venía de frente.
Mis ojos, que sin darme cuenta se habían cerrado momentáneamente, se abrieron de par en par. Al ver la mirada inquisitiva de ambos, me limité a disimular mi comportamiento fingiendo sorpresa.
-Vaya, os aprecéis bastante.
-Sí- dijo Ronny- mi hermano Airam, era el diferente, él se parecía más a nuestra madre, nosotros, en cambio, salimos a nuestro padre.
Pude comprobar que hablaba con mucho cariño de su hermano muerto.
-Veo que querías mucho a tu hermano mayor.
-Sí, no sólo era nuestro hermano, también era nuestro amigo.
-Ya sabes que siempre estará en tu corazón y en tu mente, aunque no lo puedas tocar, seguro que podrás sentirlo.
-Sí- me contestó el chico con cierta tristeza.
Miré a Stefan que estaba cerca de la ventana y me sorprendí al ver a un Ángel detrás de la ventana. Sus Alas Blancas brillaban intensamente pero los dos chicos no podían notarlo. Solo yo podía verlo en ese momento.
Rápidamente miré a Ronny y luego volví a mirar a la ventana pero ya no había nadie así que miré a Stefan, el cual parecía alicaído y le dije:
-Debo marcharme, mi... madre me está esperando. No hace falta que me acompañes- dije sonriendo al ver que quería compañarme- encárgate de que tu hermano se beba las pastillas- sin esperar respuesta salí corriendo de allí y bajé a toda prisa las escaleras para salir fuera de la casa.

sábado, 16 de enero de 2010

Capítulo 1 (parte 2)

De repente oí unos gemidos de dolor. Giré la cabeza y vi al mortal tendido en el suelo con una mano en uno de sus muslos. Me limpié las lágrimas, escondí mis alas y me acerqué.
-¿Estás bien?- le pregunté- ¿te ha herido?
-Sí, me ha herido en el muslo- oí que decía el chico.
Le miré el muslo y vi la sangre manando de una herida más o menos grande. Era un poco profunda así que rompí un trozo de tela de mi vestido y se la vendé.
-¿Vives muy lejos de aquí?
-Saliendo del parque... a dos manzanas.
-¿Podrás andar?
-No lo sé...
-Te acompañaré...
Lo ayudé a levantarse y lo agarré de la cintura para que se apoyara en mí, comprobando así lo fuerte y pesado que era para un cuerpo como el mío. Cuando íbamos a iniciar el camino, se detuvo y miró a nuestro alrededor.
-Espera, la bolsa con las medicinas.
-¿Qué bolsa?
-Se me cayó cuando me atacó ese tipo, debe de estar por aquí cerca.
Miré hacia atrás y la vi a un par de pasos de donde estábamos. Me aparté asegurándome de que él no se caería al suelo y recogí la bolsa. Cuando me giré, la luna había salido de detrás de una masa de nubes iluminándonos a ambos.
Vi que me miraba. Sus ojos verde hierba me acababan de dejar sin aliento por lo brillantes que eran. Al percatarme de que su mirada era una mezcla entre curiosidad y duda, aparté la mía rápidamente.
-¿Por qué estás llorando?- me preguntó.
Yo cerré los ojos, hasta ese momento no me había dado cuenta de que volvía a llorar. Negué con la cabeza y tras limpiarme las lágrimas, intenté sonreír.
-Por nada, no te preocupes, lo más importante es llevarte a tu casa para curarte.
Entonces comenzamos a caminar en silencio. Cuando salimos del parque, él me miró y sonrió.
-¿Sabes una cosa? Cuando apareciste y apartaste a ese tío de mí, me pareciste un ángel con unas grandes alas blancas- yo me puse tensa al oírlo y lo miré con algo de miedo reflejado en mi cara pero no llegó a percatarse de ello porque enseguida dijo- bah, no me hagas caso, seguro que fue el golpe que me di porque creo que me quedé inconsciente luego.
-Bueno, no pienses en eso ahora- dije tratando de cambiar de dirigir sus pensamientos en otra dirección- ¿queda mucho para llegar a tu casa?
Él negó con la cabeza y seguimos caminando en silencio. Al llegar, él sacó las llaves y abrió la puerta principal. Yo lo ayudé a entrar.
-¿Stefan?- se oyó una voz desde las escaleras que había justo frente a la puerta.
-Ya estoy aquí, Ronny- dijo él poniendo las llaves en una pequeña cómoda que había en la entrada junto a la puerta.
Se apartó de mí y ase dirigía a las escaleras cuando el dolor pareció hacerle detener. Sin pensarlo, me acerqué y volví a sujetarlo.
-Hay que curarte esa herida- le dije.
-¿Stefan? ¿Por qué has tardado tanto?
-¡Ya voy, Ronny!- espetó el chico hacia las escaleras- por favor, ayúdame a subir las escaleras- dijo mirándome a los ojos- mi hermano no puede bajar.
-Primero hay que curarte la herida, te estás desangrando- le recordé mirando su muslo.
-Cuando le lleve las pastillas a mi hermano- insistió él tozudamente.
Miré su herida y vi que la venda improvisada estaba llena de sangre, luego miré su semblante y pude comprobar que la pérdida lo estaba debilitando.
-Tu hermano deberá esperar un poco, si no curo la herida te desangrarás y entonces sí que no podrás llevarle esas pastillas que tanto necesita.
-Pero es que ya se pasa de la hora de su medicación.
-Lo siento mucho pero lo priorotario es curar esa herida, ¿dónde puedo encontrar un botiquín?- pregunté obligándolo a entrar en el salón de la casa y recostándolo en el inmenso sofá que allí había.
Él me miró un poco perplejo pero aún así me contestó:
-En el baño que está saliendo de aquí a la izquierda.
Lo dejé allí y salí del salón para dirigirme al baño que me decía. Al entrar, encontré un botiquín y cogí todo lo necesario para desinfectar la herida y vendarla. Cuando lo tuve todo, volví al salón.
-¡Stefan! ¿Estás bien?- se oyó la voz del hermano del chico.
Sin proponérmelo, miré hacia las escaleras pero no dije nada así que volví dentro del salón donde Stefan intentaba levantarse. Me acerqué y lo obligué a permanecer recostado en el sofá.
-Mi hermano me está llamando- dijo él- además, no tienes que preocuparte, me acabas de conocer...
-A mí me enseñaron a socorrer a los heridos aunque no los conozcas de nada, no puedo dejarte con esa herida así..., además, tendré que romper el pantalón o si no, no podré curarte.
-¡No! No los rompas- me dijo- son mis pantalones favoritos.
-Pero es que ya están rotos, lo que quiera que te haya hecho la herida también ha roto los pantalones, además no es preferible que te muevas más.
Cogí las tijeras que había traído del baño y corté la tela del pantalón un poco por encima de la herida y se lo quité. La herida parecía más grave ahora que no la cubría el pantalón, entonces cogí gasas y empecé a limpiar la herida.
Stefan se contrajo de dolor porque lo noté tensarse, ya que estaba más atenta a limpiar bien la herida que no miré su rostro.
-Ya que me curas, al menos debería saber tu nombre ¿no crees? El mío ha quedado bastante claro cuando me ha llamado mi hermano.
Yo dejé de curarle por un momento sin saber muy bien qué contestarle a ese chico al que hacía sólo un rato acababa de salvar de morir a manos de un hombre que me había llevado a ser lo que era en ese momento, adoptando un nombre que ni siquiera sé si me gusta a pesar de los años que hace que me pusieron ese nombre.
Aunque el significado de ese nombre me describe perfectamente porque mi existencia se basa en la caza de Ángeles Caídos que actúan bajo el mando del peor de todos ellos: Lucifer. Un ángel que amontonó a un ejército para hacerse con el control de los Cielos. Pero al ser derrotado, fue enviado a los Infiernos donde ahora es el principal líder de los Ángeles Caídos que cayeron con él.
Sabía que Stefan estaba esperando una respuesta mía, así que volví a atender la herida y le contesté en apenas un susurro:
-Me llamo Artemisa...

Capítulo 1 (parte 1)

"El carromato ya la llevaba a su cruel destino. El vestido que llevaba puesto desde el día que la detuvieron estaba totalmente harapiento. Su pelo oscuro como la noche, que caía por su espalda hasta la altura de las caderas, ya no le valía la pena recogérselo cuando la esparaba la muerte al final del trayecto.
La condenaban a la hoguera por brujería después de haber recibido torturas para que confesara su herejía y ella juraba y perjuraba que no era bruja pero nadie la creyó cometiendo la peor atrocidad conocida por lo seres humanos. Quitarle la vida a un ser inocente.
El carromato se detuvo y la subieron a la tarima que habían colocado en el centro de la plaza para que todos la vieran. Entre insultos y escupitajos de la gente del pueblo, la ataron al poste con una gruesa cuerda que le impediría escapar. Finalmente colocaron leña a su alrededor.
Ella comenzó a llorar, sorprendiéndose de que aún le quedaran lágrimas. Un sacerdote se acercó y le dijo:
-Niña, si confiesas ahora podemos expiar tus pecados y llevarte por la senda del bien.
Ella lo miró.
-Lo juro por lo más sagrado que no he practicado brujería, nunca en mi vida.
-Así no ayudas a salvarte, pequeña.
Ella no dijo nada más por lo que el sacerdote se alejó dando paso al verdugo que la había estado torturando durante varíos días antes de llegar a ese día. En ese momento, portaba una antorcha y la miró sonriendo maliciosamente.
-Bruja, vas a arder en el Infierno.
Ella miró al frente donde toda la gente se aglomeró para verla arder y la insultaban sin piedad alguna. Entre todos ellos vio a sus padres que lloraban por su cruel destino a pesar de que habían hecho todo lo posible por intentar ayudarla ya que sabían que ella no era una bruja. Sin esperar más, el verdugo acercó la antorcha a los troncos y estos comenzaron a arder con ferocidad.
Su llanto se incrementó e intentó soltarse pero le fue imposible. Miró al cielo desesperada. El humo comenzaba a penetrar por sus fosas nasales asfixiándole los pulmones. Entonces oyó un grito desgarrador. El grito de una madre que no podía hacer nada por salvar a su única hija de las garras de la muerte que ya la acechaban y poco a poco la llevaban con ella hacia la oscuridad..."
Me desperté sudando. Todas las noches era lo mismo. Ese sueño me acosaba una y otra vez llegando a desvelarme en varias ocasiones.
Justo como me estaba pasando esta noche. Saqué mis piernas de la cama y me cambié el pijama por unos vaqueros y una camiseta. Luego salí del piso donde estaba viviendo en ese momento y me fui a dar una vuelta.
Salir de noche tiene sus ventajas porque todo está mucho más tranquilo que durante el día y podía andar a mis anchas. Justo al salir de mi casa tuve un horrible presentimiento que me hizo volver a entrar, coger mi espada y mi chaqueta blanca que la ocultaba a los ojos de los que podrían estar merodeando las calles esa noche.
A medida que avanzaba, miraba a mi alrededor por si veía algo extraño hasta que llegué al parque que fue donde sentí unos golpes. Me acerqué lentamente al lugar, escondiéndome entre los matorrales para que no me vieran y los vi.
Eran dos. Uno de ellos era un mortal y el otro...
-Badariel...- murmuré casi sin pensar.
Entonces, sin pensármelo dos veces, cerré los ojos y me concentré. Un gran halo de luz, invisible para el ojo humano, me envolvió y me transformé. Primero cambió mi ropa de unos vaqueros y una camiseta a un delicado vestido blanco a la altura de las rodillas con una raja que dejaba al descubierto uno de mis muslos. El vestido no tenía tirantes. En mi frente apareció una fina tira de tela blanca que se anudaba por dentrás. Mis deportivas pasaron a ser unas sandalias con unas tiras que se ajustaban a mi pierna llegando un poco por debajo de las rodillas y finalmente en mi espalda aparecieron unas enormes alas blancas.
Unas Alas de Ángel.
Alcé el vuelo y me dirigí al lugar donde se producía el enfrentamiento. De un empujón aparté a Badariel del joven mortal que quedó tendido en el suelo, al parecer inconsciente. Entonces, me lancé con toda mi rabia contra Badariel.
Me reconoció. Lo supe por su mirada y por aquella sonrisa cínica que me mostró.
-Vaya, vaya, mira quién está aquí...- me dijo.
Me aparté de él y saqué mi espada de la vaina que llevaba colgada en la cintura y la empuñé con fuerza.
Él me miró con sus ojos azules tan fríos como el mismísimo hielo y sentí que la espada se me escapaba de las manos pero me mostré firme ante él.
-Ya no me intimidas, Badariel, hace mucho que dejé de temerte.
-Claro, por eso cada vez que nos hemos encontrado no has podido acabar conmigo.
-Esta vez no será así, lo juro- le dije con convicción apretando con fuerza la empuñadura de mi espada hasta que los nudillos se me quedaron blancos.
-Ya lo veremos- me dijo él y sin esperar más, corrió a atacarme pero yo conseguí elevarme en el aire sin que me rozara siquiera.
Le apunté con mi espada y descendí para atacarle pero él logró esquivarme. Tras él aparecieron unas enormes alas parecidas a las mías pero de color negro como la mismísima noche y se elevó ahsta quedar a mi altura. La luna iluminó su cabello rubio teñido y pude percibir su maléfica sonrisa. Entonces, de la nada apareció una espada negra, la cual, él empuñó y comenzamos una ardua lucha.
Nuestras espadas chicaban haciendo saltar chispas. Él era mucho más fuerte que yo pero con un movimiento brusco de la mano con la que sostenía la espada, logré desarmarlo y acorralarlo.
-Como puedes ver, he mejorado mi técnica- le dije sonriendo trindante.
-Pero no vas a matarme, nunca lo has hecho. Aún te gusto, lo sé, seguro que recuerdas cada momento vivido conmigo.
Mi respiración se aceleró y cerré los ojos. A mi mente acudieron aquellas imágenes que con tanto ahínco he intentado olvidar. Imágenes de él y yo, juntos, entonces, sin poder contenerme, las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos sin poder controlarlas. Abrí de nuevo los ojos y lo miré. Me estaba manejando para que me derrumbara pero no lo iba a permitir.
-Por tu culpa encontré la muerte- le dije.
-Pero pasamos buenos momentos.
Los nudillos se me quedaron más blancos de lo que ya estaban de tanto apretar la empuñadura de mi espada.
-Yo te quería.
-Y yo también, querida, pero te quería en mi cama. Al oír esto, la rabia me cegó y sin pensarlo, le clavé la espada a Badariel. La saqué para volver a clavársela, llegando a atravesarlo. El rostro de él se contrajo de dolor.
-¡Maldito!- le grité- ¡me engañaste!
Mis gritos se acompañaban de más estocadas mientras veía la sangre negra cubriendo mi blanca espada.
Badariel sonrió a pesar del dolor que sabía que sentía. ¡Me sonreía!
-Eres una ilusa, una inexperta.
Las lágrimas me ardían en las mejillas y entonces le di el golpe mortal. Sólo deseaba que se esfumara como muchos otros a los que había matado anteriormente. Levanté mi espada y se la clavé con una fuerza que jamás pensé que tendría. un chorro de sangre negra cayó a mis pies y Badariel se evaporó en el aire. Tras verlo desaparecer, caí de rodillas al suelo con el dolor carcomiéndome por dentro.
Me había engañado, nunca sintió nada por mí.

jueves, 14 de enero de 2010

Prólogo.

Muerte.
Todos le temen a la muerte porque puede llegar de forma inesperada en ocasiones, en otras sabes que tarde o temprano vendrá y no puedes remediarlo y aunque digas que te has hecho a la idea de la muerte, es todo mentira porque le temes.
Sientes que aún te quedan cosas por hacer pero se te acaba el tiempo y las oportunidades son cada vez menos...
Eso a mí no me sucede porque yo ya lo he hecho todo a pesar de llevar muerta varios años y aún así le temo a la muerte porque puedo perder todo lo que realmente quiero si se acerca ese oscuro ser para llevarse consigo a las cosas vivas que existen.
Muerte, todo ante mí se convierte en muerte y me siento impotente al no poder hacer nada.
¿Así será el resto de mi existencia? Antes prefiero desaparecer de la faz de la tierra...