sábado, 16 de enero de 2010

Capítulo 1 (parte 1)

"El carromato ya la llevaba a su cruel destino. El vestido que llevaba puesto desde el día que la detuvieron estaba totalmente harapiento. Su pelo oscuro como la noche, que caía por su espalda hasta la altura de las caderas, ya no le valía la pena recogérselo cuando la esparaba la muerte al final del trayecto.
La condenaban a la hoguera por brujería después de haber recibido torturas para que confesara su herejía y ella juraba y perjuraba que no era bruja pero nadie la creyó cometiendo la peor atrocidad conocida por lo seres humanos. Quitarle la vida a un ser inocente.
El carromato se detuvo y la subieron a la tarima que habían colocado en el centro de la plaza para que todos la vieran. Entre insultos y escupitajos de la gente del pueblo, la ataron al poste con una gruesa cuerda que le impediría escapar. Finalmente colocaron leña a su alrededor.
Ella comenzó a llorar, sorprendiéndose de que aún le quedaran lágrimas. Un sacerdote se acercó y le dijo:
-Niña, si confiesas ahora podemos expiar tus pecados y llevarte por la senda del bien.
Ella lo miró.
-Lo juro por lo más sagrado que no he practicado brujería, nunca en mi vida.
-Así no ayudas a salvarte, pequeña.
Ella no dijo nada más por lo que el sacerdote se alejó dando paso al verdugo que la había estado torturando durante varíos días antes de llegar a ese día. En ese momento, portaba una antorcha y la miró sonriendo maliciosamente.
-Bruja, vas a arder en el Infierno.
Ella miró al frente donde toda la gente se aglomeró para verla arder y la insultaban sin piedad alguna. Entre todos ellos vio a sus padres que lloraban por su cruel destino a pesar de que habían hecho todo lo posible por intentar ayudarla ya que sabían que ella no era una bruja. Sin esperar más, el verdugo acercó la antorcha a los troncos y estos comenzaron a arder con ferocidad.
Su llanto se incrementó e intentó soltarse pero le fue imposible. Miró al cielo desesperada. El humo comenzaba a penetrar por sus fosas nasales asfixiándole los pulmones. Entonces oyó un grito desgarrador. El grito de una madre que no podía hacer nada por salvar a su única hija de las garras de la muerte que ya la acechaban y poco a poco la llevaban con ella hacia la oscuridad..."
Me desperté sudando. Todas las noches era lo mismo. Ese sueño me acosaba una y otra vez llegando a desvelarme en varias ocasiones.
Justo como me estaba pasando esta noche. Saqué mis piernas de la cama y me cambié el pijama por unos vaqueros y una camiseta. Luego salí del piso donde estaba viviendo en ese momento y me fui a dar una vuelta.
Salir de noche tiene sus ventajas porque todo está mucho más tranquilo que durante el día y podía andar a mis anchas. Justo al salir de mi casa tuve un horrible presentimiento que me hizo volver a entrar, coger mi espada y mi chaqueta blanca que la ocultaba a los ojos de los que podrían estar merodeando las calles esa noche.
A medida que avanzaba, miraba a mi alrededor por si veía algo extraño hasta que llegué al parque que fue donde sentí unos golpes. Me acerqué lentamente al lugar, escondiéndome entre los matorrales para que no me vieran y los vi.
Eran dos. Uno de ellos era un mortal y el otro...
-Badariel...- murmuré casi sin pensar.
Entonces, sin pensármelo dos veces, cerré los ojos y me concentré. Un gran halo de luz, invisible para el ojo humano, me envolvió y me transformé. Primero cambió mi ropa de unos vaqueros y una camiseta a un delicado vestido blanco a la altura de las rodillas con una raja que dejaba al descubierto uno de mis muslos. El vestido no tenía tirantes. En mi frente apareció una fina tira de tela blanca que se anudaba por dentrás. Mis deportivas pasaron a ser unas sandalias con unas tiras que se ajustaban a mi pierna llegando un poco por debajo de las rodillas y finalmente en mi espalda aparecieron unas enormes alas blancas.
Unas Alas de Ángel.
Alcé el vuelo y me dirigí al lugar donde se producía el enfrentamiento. De un empujón aparté a Badariel del joven mortal que quedó tendido en el suelo, al parecer inconsciente. Entonces, me lancé con toda mi rabia contra Badariel.
Me reconoció. Lo supe por su mirada y por aquella sonrisa cínica que me mostró.
-Vaya, vaya, mira quién está aquí...- me dijo.
Me aparté de él y saqué mi espada de la vaina que llevaba colgada en la cintura y la empuñé con fuerza.
Él me miró con sus ojos azules tan fríos como el mismísimo hielo y sentí que la espada se me escapaba de las manos pero me mostré firme ante él.
-Ya no me intimidas, Badariel, hace mucho que dejé de temerte.
-Claro, por eso cada vez que nos hemos encontrado no has podido acabar conmigo.
-Esta vez no será así, lo juro- le dije con convicción apretando con fuerza la empuñadura de mi espada hasta que los nudillos se me quedaron blancos.
-Ya lo veremos- me dijo él y sin esperar más, corrió a atacarme pero yo conseguí elevarme en el aire sin que me rozara siquiera.
Le apunté con mi espada y descendí para atacarle pero él logró esquivarme. Tras él aparecieron unas enormes alas parecidas a las mías pero de color negro como la mismísima noche y se elevó ahsta quedar a mi altura. La luna iluminó su cabello rubio teñido y pude percibir su maléfica sonrisa. Entonces, de la nada apareció una espada negra, la cual, él empuñó y comenzamos una ardua lucha.
Nuestras espadas chicaban haciendo saltar chispas. Él era mucho más fuerte que yo pero con un movimiento brusco de la mano con la que sostenía la espada, logré desarmarlo y acorralarlo.
-Como puedes ver, he mejorado mi técnica- le dije sonriendo trindante.
-Pero no vas a matarme, nunca lo has hecho. Aún te gusto, lo sé, seguro que recuerdas cada momento vivido conmigo.
Mi respiración se aceleró y cerré los ojos. A mi mente acudieron aquellas imágenes que con tanto ahínco he intentado olvidar. Imágenes de él y yo, juntos, entonces, sin poder contenerme, las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos sin poder controlarlas. Abrí de nuevo los ojos y lo miré. Me estaba manejando para que me derrumbara pero no lo iba a permitir.
-Por tu culpa encontré la muerte- le dije.
-Pero pasamos buenos momentos.
Los nudillos se me quedaron más blancos de lo que ya estaban de tanto apretar la empuñadura de mi espada.
-Yo te quería.
-Y yo también, querida, pero te quería en mi cama. Al oír esto, la rabia me cegó y sin pensarlo, le clavé la espada a Badariel. La saqué para volver a clavársela, llegando a atravesarlo. El rostro de él se contrajo de dolor.
-¡Maldito!- le grité- ¡me engañaste!
Mis gritos se acompañaban de más estocadas mientras veía la sangre negra cubriendo mi blanca espada.
Badariel sonrió a pesar del dolor que sabía que sentía. ¡Me sonreía!
-Eres una ilusa, una inexperta.
Las lágrimas me ardían en las mejillas y entonces le di el golpe mortal. Sólo deseaba que se esfumara como muchos otros a los que había matado anteriormente. Levanté mi espada y se la clavé con una fuerza que jamás pensé que tendría. un chorro de sangre negra cayó a mis pies y Badariel se evaporó en el aire. Tras verlo desaparecer, caí de rodillas al suelo con el dolor carcomiéndome por dentro.
Me había engañado, nunca sintió nada por mí.

2 comentarios:

  1. Me encanta la historia y la forma de narrarla , lo unico que veo es que tienes algunas faltas de ortografia sin importancia y en esta parte...Me desperté sudando. Todas las noches era lo mismo. Ese sueño me acosa( creo que seria correcto poner acosaba ya que antes has puesto que era lo mismo y no es lo mismo) una y otra vez llegando a desvelarme en varias ocasiones.
    Justo como me estaba pasando esa( esta) noche. Espero que no te moleste... Te sigo leyendo.

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  2. Gracias por tus palabras Charo, cualquier fallo que veas me dices :D

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