domingo, 15 de mayo de 2011

Capítulo 17 (parte 1) (Por Isis)

No pude evitar gritar cunado vi a Airam con su propia espada en su cuello. Había salido a tirar la basura que Artemisa se había olvidado de tirar.

Él estaba frente a una joven de alas negras pero no parecían ser las alas de una Ninfa Caída. Tenían aspecto de ser más ásperas y mucho menos sedosas. ¿Serían las de una diablesa?

Necesitaba mi ballesta pero la había dejado en mi habitación para ahora limpiarla, ¿cómo iba a ayudar a Airam si no tenía mi ballesta?

Si quería evitar su desaparición, debía actuar con rapidez por lo que extendí mis alas y volé hasta mi habitación para coger mi ballesta y mi carcaj. Volé con rapidez, maldiciendo el momento en que cogí la habitación del otro extremo de la casa.

Cuando llegué al lugar donde estaban, preparé una de mis flechas mientras ella hablaba con Airam que ya lucía una fea herida en el cuello.

-¡Desaparece, maldito!- gritó histérica la diablesa.

-No si yo puedo evitarlo...- murmuré apuntando con la ballesta.

Sonreí y disparé al lugar que apuntaba.

La diablesa gritó de dolor cuando la flecha se clavó en una de sus alas lo que hizo que perdiera la concentración de lo que pretendía hacer con Airam el cual, por lo que pude ver, apartó la espada de su cuello.

La diablesa se giró hacia mí con una terrible cara de odio que no me achantó en ningún momento.

-¡Maldita! ¡Has dañado mi ala! ¿Cómo te atreves?

-Intentabas matar a Airam y no iba a dejar que lo hicieras.

Noté la mirada de él sobre mí. A pesar de lo poco que nos conocemos, es un compañero de batalla, no quiero verlo desaparecer ante mis ojos.

La diablesa enarcó una ceja y se me acercó amenazadoramente.

-Te voy a arrancar la cabeza- me dijo mostrándome unas largas uñas pintadas de rojo.

-¡No te atrevas!- exclamó Airam.

Tanto ella como yo lo miramos. Sostenía su espada con firmeza apuntando hacia la loca esa.

-¿Cómo?- preguntó ella.

-Lo que has oído. No te atrevas a hacerle nada o si no, seré yo el que acabe contigo.

No pude evitar mirarlo, sorprendida ante semejantes palabras. ¿De verdad haría eso por mí? Nunca antes habían intentado protegerme de esa forma. Siempre me he tenido que buscar la vida sola.

Al ver que la tipa no me miraba, me acerqué volando y le di una patada a la altura de las costillas para derribarla y que cayera al suelo pero tras dársela, no sé cómo lo hizo que me atrapó y puso sus uñas a la altura de mi corazón, aplastando mis alas. Con su otro brazo, oprimía parte de mi torso impidiéndome respirar con normalidad.

La maldita tenía fuerza.

-Así que acabarás conmigo si le hago algo ¿eh? quizás podría hacerle algo así...

Sus uñas se clavaron en mi carne atribuyéndome un dolor atroz que me dejó sin respiración durante unos segundos. Se había clavado justo por encima de mi corazón.

Miré a Airam en busca de ayuda pero solo podía mirarnos. ¿Por qué no se movía? Quise decirle algo pero de mis labios solo salió un intenso grito de dolor al notar cómo esas uñas rasgaban mi piel en cinco líneas que me recorrían de lado a lado.

-¡Basta!- gritó Airam- ¡no sigas!

-¿Por qué no? Es divertido.

Divertido para ella, para mí era una tortura soportar ese horrible dolor.

-Mátala, Airam- le dije e intenté zafarme del agarre de esta psicópata- tienes que matarla.

¿Por qué dudaba? ¿Por qué no se acercaba y la mataba?

-Hazlo y ella desaparecerá conmigo.

-¡No le hagas caso!- le grité.

Sus uñas salieron de mi carne para luego volver a clavarse pero esta vez en el vientre, justo por encima del ombligo.

No podré soportar mucho más este dolor, mi ballesta había caído, seguro que hecha pedazos y mi carcaj se apretaba entre ella y yo, si al menos pudiese coger una y clavársela, podría escapar de sus garras y matarla de paso.

-No podrás conmigo, precioso.

-Déjala, no sigas haciéndole daño...

-Puedo dejarla pero con una condición: que tú vengas conmigo.

La voz de esa diablesa me daba escalofríos, solo de pensar en lo que podría hacerle se me encogía el estómago y me entraban ganas de vomitar.

Airam y yo nos miramos por un momento, mi frente estaba sudorosa a causa del esfuerzo para soportar el dolor y supliqué silenciosamente que no hiciera una locura con tal de salvarme.

Cuando lo vi bajar la espada deseé gritar de rabia e insultarlo por ser tan imbécil al dejarse engañar por una arpía.

Miré a la diablesa la cual sonrió tras sacar sus uñas de mi vientre, me empujó contra el suelo pero yo extendí mis alas y me elvé en el aire en el momento justo en el que Airam se acercaba a la diablesa.

Los ojos de esta eran tan rojos como el fuego. Su aura oscura daba repelús. Por unos instantes me miró y sonrió con malicia.

Enseguida supe lo que iba a pasar. Iba a matarlo delante de mis narices sin poder evitarlo. Negué con la cabeza como si así pudiera convencerla aunque era improbable que algo así sucediese. Tanto los Caídos como los demonios menores no tenían compasión alguna por los demás.

Miré a mi alrededor rápidamente, pronto amanecería y verían la pelea. Al mirar hacia abajo, vi la espada de Airam que había dejado caer en señal de rendición. Volé hasta ella con toda la rapidez de la que fui capaz y la cogí entre mis manos. Solo tenía que volar hasta ella y clavársela o en todo caso cortarle la cabeza. De cualquiera de las dos formas iba a desaparecer porque no iba a dejar que matara a Airam ni a nadie más.

La adrenalina se apoderó de mi cuerpo y con un grito, me elevé con velocidad interponiéndome entre Airam y la diablesa, la cual me miró con una ceja enarcada y sonriendo pero quien ríe el último, ríe mejor, con la espada en alto, la descendí con rapidez y fuerza cortándola desde el hombro hasta el ombligo lo que hizo que al instante desapareciera sin siqueira brotar un poco de sangre negra.

Sonreí satisfecha y la espada cayó al suelo de mis manos. Me sentía débil y falta de fuerzas, con ganas de descansar...

Las manos de Airam me rodearon con delicadeza para que no cayera y lo miré. La herida de su cuello parecía no dejar de sangrar.

El sol comenzaba a salir allá por el horizonte.

-Entremos en mi casa, rápido... podrían vernos con las alas.

-Tienes razón- él me agarró con fuerza y voló hasta la entrada de mi casa por la que entró conmigo. Cerró la puerta y fuimos al salón donde me obligó a recostarme en el sofá- hay que curarte esas heridas- me dijo con voz preocupada.

-Tranquilo, solo son unos rasguños.

-No lo parecen, Isis, un rasguño no sangraría de esta forma.

-Estoy bien...- pero no era cierto porque el salón parecía dar vueltas a mi alrededor, me negaba a mostrar debilidad.

-Por favor, Isis, necesito que te quedes quieta para curarte.

-No, antes tenemos que aclarar un par de cositas como por ejemplo, ¿qué hacías ahí fuera y quién era la tipa esa?

-Quería ver a mis hermanos y estaba en la habitación de Ronny cuando vi una sombra pasar por delante de la ventana.

-No puedes ir a ver a tus hermanos, ¿y si se hubiesen despertado.

-Estoy preocupado por Ronny... sé que Artemisa está haciendo un buen trabajo con él pero no es suficiente. Anoche movió una pierna- dijo él sonriendo- apliqué un poco de curación y al poco hizo un movimiento con la pierna.

-Era una locura y lo sabes.

-Claro que lo sé.

-Entonces apareció ella ¿no?- dije llevándome una mano a la cabeza.

-Sí, me dijo que si quería irme con ella, que disfrutaba poco de los hombres porque todos acababan sucidiándose... entonces, como me negué a acompañarla, me obligó a poner la espada contra mi cuello.

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