sábado, 24 de septiembre de 2011

Capítulo 23 (parte 2) (Por Isis)

Es la tercera vez que leo el mismo párrafo sin enterarme de nada. Estoy tan preocupada que no me concentro. Hace un par de días que no sé nada de Airam y a pesar de que Artemisa me dijo que no pensaba bajar para no verse perjudicado por el castigo, se me hace muy raro no verlo por aquí vigilando a sus hermanos.
Supongo que no debe ser nada agradable perder todo tu poder por culpa de los sentimientos humanos. Al parecer, según me contó Artemisa cuando Stefan se fue, se siente muy mareada y débil. Otra que me tiene el alma en vilo. Esas pesadillas no pueden ser normales. Esos gritos de agonía como si realmente lo estuviese sufriendo en ese momento. Tiene que haber alguna de que olvide lo sucedido.
Me mordí el labio inferior al mirar al sofá que tenía a mi lado. El lugar donde había llegado a los recuerdos de Airam. Es un castigo injusto, ninguno de los dos se lo merece. Quizás si hablo con Afrodita...
En ese momento me decidí. Iba a ir a hablar con ella, quizás podía conseguir que cumplieran otro tipo de castigo no tan duro como este. Salí de mi casa hasta llegar a un lugar alejado de la civilización. Estiré mis Alas y me elevé lentamente en el aire para luego dirigirme a toda velocidad a los Cielos.
Al llegar arriba, me dirigí al Edificio Principal y entré sin hacer caso de los Ángeles que guardaban la puerta de entrada. Afrodita estaba sentada en un diván como siempre y la miré fijamente. Ella levantó la mirada y me sonrió levemente. Una sonrisa demasiado falsa que no mostraba sus verdaderos pensamientos.
-Bienvenida, Isis.
-Levántale el castigo a Artemisa y a Airam- dije sin andarme con rodeos.
Ella se incorporó lentamente para luego acercarse a mí mirándome directamente a la cara.
-Están cumpliendo un castigo justo, no veo la razón para levantárselo. Incumplieron las normas.
-No las incumplieron intencionadamente y lo sabes. Yo habría actuado igual que Airam.
-No pueden dejarse ver ante sus familiares y tiene suerte de que este sea un castigo leve, podría haberlos mandado al Limbo.
-Eres cruel con nosotros, ¿se puede saber qué es lo que te hace tan despiadada? Protegemos a los humanos porque fuimos elegidos por ti, cumplimos todas las órdenes, creo yo al menos que deberíamos tener una segunda oportunidad tras un fallo.
-Lo que sucedió no fue ningún fallo, Isis.
Apreté las manos en sendos puños.
-Están sufriendo. Artemisa casi pierde el conocimiento al quedarse sin fuerza. ¿Cómo pretendas que proteja a esos dos chicos si no puede hacer nada?
-Tendrá que buscar la forma de que los sentimientos humanos no le afecten.
-¡Ella también tiene sentimientos humanos! De un momento a otro podría desaparecer si la ataca cualquier Caído y no es capaz de defenderse porque no tiene toda su fuerza para hacerlo. ¿De verdad quieres perder a tu mejor Ninfa?
-Creo que esto no es asunto tuyo, Isis, yo sé lo que hago.
-Yo no estaría tan segura, estás poniendo en peligro las vidas de esos chicos al igual que la de Artemisa pero parece que te da igual lo que les pase. ¿Qué pasa? ¿Acaso se te están acabando los Ángeles y quieres tener a esos dos chicos entre tus filas? Seguro que quieres recrearte la vista un rato ¿no?- estaba realmente enfadada y estaba soltando lo primero que me venía a la cabeza- ah claro, es que quieres tenerlos en tu habitación ¿verdad?
Su mano impactó contra mi mejilla con fuerza. Me llevé la mano a esta mientras la miraba sorprendida, nunca nadie me había levantado la mano.
-Será mejor que no sigas, Isis, no me gustaría tener que castigarte al igual que a Artemisa y a Osiris.
Su voz me produjo escalofríos al igual que su mirada penetrante. Retrocedí un paso con cierto temor a que volviera a golpearme. Sentí el regusto metálico de la sangre sobre mis labios. Sin decir nada, salí corriendo de allí en busca de un lugar tranquilo en el que recuperarme de la sorpresa.
Sin casi darme cuenta, me dirigí al anexo que se encontraba vacío y me senté en uno de los sillones cuando oí ruidos en una de las habitaciones. Este provenía del gimnasio que había para que los heridos ya casi curados recuperaran fuerzas. La curiosidad me pudo y tras levantarme, me dirigí hasta la puerta que estaba abierta.
Al parecer alguien estaba haciendo ejercicio en el interior así que no pude evitar asomarme. Al mirar, no pude evitar sonrojarme porque ante mí veía una espalda desnuda que se elevaba y descendía desde una barra fija que había instalada en el lugar. enseguida reconocí ese pelo castaño y entré.
-¿Molesto?- pregunté en voz baja.
Él se detuvo y me miró con aquellos ojos verdes oscuros que bien podrían representar la hierba en la noche. Se soltó de la barra para limpiarse la cara con una toalla.
-¿Qué haces aquí?- me preguntó antes de coger una botella de agua y darle un buen trago.
-Vine a hablar con Afrodita sobre el castigo que estáis sufriendo tú y Artemisa. No me parecía justo que os llevarais un castigo semejante, Artemisa casi se desmaya delante de tu hermano Stefan. Estaba preocupada y vine a comentárselo pero no me hizo mucho caso.
Me miró fijamente antes de acercarse y posar su mano en mi barbilla para que lo mirara.
-¿Por qué tienes el labio partido?
Pasó el pulgar por mi labio herido y me limpió la sangre sin dejar de mirarme a los ojos.
-Digamos que no me comporté debidamente con Afrodita y este fue el precio que pagué por no pensar las cosas antes de decirlas.
-No debería haberte pegado.
Su mano curó mi herida y me sonrió levemente, algo que me dejó sin aliento.

Capítulo 23 (parte 1) (Por Adirael)

El salón era bastante tétrico, decorado con un estilo muy gótico para mi gusto. Las paredes eran de color negro al igual que el suelo y el techo. Era como si estuviese en una caja. Las luces eran de color rojo que le daban un aire macabro a la habitación. En uno de los laterales había una chimenea, también negra como no, con un cálido fuego encendido
Al fondo de esta había un enorme sillón hecho de huesos de todo tipo. Desde cúbitos hasta cráneos. Incluso había alguna que otra mano repartida por todo ese amasijo de huesos. El lugar destinado a posar las posaderas estaba tapizado de terciopelo negro.
Encima de ese terciopelo se encontraba Lucifer, Luci para los amigos, bueno en realidad así solo lo llamo yo cuando él no me escucha. Si se enterara sería capaz de enviarme al Limbo de una patada en el trasero así que espero que me guardes el secreto.
¿Quieres que describa al amigo Luci? No es nada del otro mundo. Eso sí, como ahora están de moda las novelas de vampiros podrías pensar que lo es pero no es así, este es un Ángel Caído bastante demoníaco. Tiene una larga melena negra con un corte bastante estrafalario y parte de este ocultaba sus ojos tan negros como su pelo. Labios finos siempre con la misma mueca de desdén y superioridad y nariz fina como la de una mujer. Eso sí, su aura es muy siniestra.
-Vaya, Adirael...- dijo al verme. Su voz podría darte escalofríos en esos momentos- pensé que no vendrías.
Los pelos se me pusieron de punta y no era porque no tuviese la camiseta puesta, que no la tengo, tampoco porque hiciese frío allí, más bien hacía demasiado calor con tanta lucecita roja.
-Me mandaste llamar y aquí estoy- dije encogiéndome de hombros.
-Sí y se trata de un asunto bastante delicado... me han dicho que has dejado de complacer a mis queridas Caídas.
-Últimamente me pillan cuando estoy de mal humor.
-¿Mal humor? Eso no es lo que me ha dicho Deméter. Al parecer ha recibido varios desplantes por tu parte. Está bastante indignada y ya sabes como es ella.
Claro que lo sé. Es una arpía que busca nada más satisfacerse sin dar nada a cambio, que yo también tengo necesidades.
-Sí, sé como es ella pero no puedo estar siempre a disposición de ella cuando quiere y como quiere. Yo también tengo cosas que hacer como por ejemplo hacer lo que le tocaba a Badariel. Los genes más poderosos estaban en él y también yo los tengo por ser de los Antiguos.
-Ella también es de las Antiguas, Adirael. No puedo permitir que esté descontenta.
La mirada que me echó me dijo todo lo que tenía que saber.
-No, olvídalo... tengo cosas que hacer.
-He cancelado todos tus deberes, desde este momento servirás a Deméter en todo lo que ella quiera y no pienso aceptar un no por respuesta.
-No pienso hacer algo semejante, Lucifer. Esa tía está loca.
-No me obligues a hacer algo que no quiero.
Lo estás deseando, Luci. Te diviertes haciendo sufrir a los demás.
-Me da igual, no pienso hacer nada para ella.
Luci suspiró ruidosamente de forma cansina y se incorporó en toda su altura. Podría medir peferctamente los dos metros.
-Adirael, Adirael... ¿cuánto tiempo hace que nos conocemos?
Enarqué una ceja ante aquella pregunta.
-Demasiados como para contarlos- contesté.
-¿Y aún hoy piensas que podrás escapar de mis órdenes?- se me acercó y dio una vuelta a mi alrededor, por lo que parece tengo pinta de rotonda- jamás podrás escapar de lo que yo ordene, Adirael. Ni lo pienses por un solo momento. Ahora harás todo lo que Deméter te ordene o te mandaré directamente al Limbo donde estarás encadenado y con una máscara ocultando tu rostro de por vida, sufriendo un duro castigo por tu estupidez al no querer realizar algo tan sencillo. ¿Aún sigues negándote? Podemos hacerlo a las buenas o a las malas, tú decides.
No quise contestar, cualquiera de las dos opciones me llevaría a la misma situación así que permanecí callado y quieto como una estatua. Yo no quiero encontrarme con esa Caída. Es perversa y cruel. Si tiene que hacerte daño para someterte a su voluntad, lo hará encantada.
-Estoy esperando una respuesta... ¿es que no piensas contestar? Muy bien, pues lo haremos por las malas. ¡Chicos!
La puerta se abrió con estrépito y sentí cómo dos pares de manos me agarraban con fuerza para sacarme de allí. Intenté resistirme todo lo que pude pero al parecer estos tíos habían pasado por el gimnasio que teníamos en el Infierno y han sacado demasiado músculo.
-¡Soltadme!- exigí.
-Que disfrutes, Adirael, ya me contarás la experiencia- dijo Lucifer con una mueca burlona en el rostro.
-¡Maldito seas, Lucifer, pagarás por esto te lo juro!- le grité con toda la rabia que bullía en mi interior.
los dos tipos no dejaron de arrastrarme hasta que llegamos a una habitación en la que me metieron a empujones. En ese momento estaba totalmente oscura pero cuando se encendió la luz, no pude evitar hacer una mueca de asco. Aquello parecía más una sala de torturas que un lugar para un encuentro... vamos a tacharlo de esporádico aunque esa no sea la palabra adecuada para lo que veían mis ojos.
Me zafé de los brazos de los dos gorilas e intenté escapar de aquel lugar. Llegué a salir pero no tardaron mucho en darme caza. Intenté escapar de nuevo pero todo fue en vano, volvieron a meterme en el interior de la habitación.
-¡Dejadme ir!- exigí.
Pero ninguno de los dos me hizo caso y me llevaron hasta el fondo de la habitación donde había una enorme cama de sábanas rojas con cojines del mismo color. Me tendieron allí sin darme tiempo a replicar y oí varios sonidos metálicos. Algo se cerró alrededor de mis muñecas y cuando me miré las manos estas estaban encadenadas a la cama.
-Esto es una broma de mal gusto- dije mirando a los dos gorilas- soltadme- moví las manos y las cadenas tintinearon- odio este tipo de bromas, en serio. ¡Eh, no os vayáis! ¡Maldición!- exclamé al ver cómo se cerraba la puerta tras esos tipos de los que cuando saliera de aquí me vengaría.
Intenté con todas mis fuerzas soltarme pero cada intento que hacía sólo conseguía hacerme daño. Suspiré mirando al techo y golpeé la cabeza contra los cojines que tenía debajo.
La puerta se abrió de repente y oí el ruido de unos tacones acercándose a la cama.
-Al fin te tengo todo para mí, Adirael.
-Vaya, Deméter, la última vez que nos vimos no estabas tan... ¿cómo decirlo? Tan vieja...
Ella se rió y se colocó su larga melena dorada sobre uno de sus hombros mientras me miraba con aquellos ojos azules. Vestida con un traje de cuero rojo que mostraba más que ocultaba, se acercó y se arrodilló a mi lado y pasó su mano por mi torso.
-Qué bromista eres, querido. Ya verás que lo pasamos bien durante mucho tiempo.
Gruñí cuando me clavó las uñas en el torso y la miré.
-Mientras no destroces este cuerpo que me han dado, vamos bien, ah y acaba rápido que tengo cosas que hacer.
-¿No te dijo Lucifer que ibas a estar aquí el tiempo que yo quisiese?
Enarqué una ceja.
-Veremos quién se cansa antes, Deméter.
Ella sonrió.
-Ya lo veremos.
Se acercó hasta mis labios y me besó pero mi mente se alejó de allí para estar con Adara.

martes, 13 de septiembre de 2011

Capítulo 22 (parte 2) (Por Adirael)

Tenía que alejarme de ella fuera como fuese.
¿Por qué me había tratado con tanta amabilidad cuando solo soy un ser despreciable? He matado mucha gente a lo largo de los años. no merezco el buen trato de Adara. Ni el de ella ni el de nadie.
Soy un Ángel Caído.
Quizás ella no tendría que haber salido sola. Con sus amigas podrían haberme matado.
Me miré la mano vendada y recordé las palabras que ella me había dicho. ¿Cómo iba a ser yo un ejemplo para todos los Ángeles y Ninfas de los Cielos cuando caí como un estúpido por culpa de una Ninfa que cayó con todos los demás? Me dejé llevar por lo que sentía y acabé en los Infiernos sin ninguna posibilidad de enmendar mi error.
El trozo de tela de su blusón estaba empapado de sangre y todo porque quise evitar que me rebanara la cabeza con la katana cuando es lo que me merecía pero algo me decía que tenía que impedirlo.
La conexión que ambos teníamos no era solo cosa mía. Ella también la sentía como mismo me confesó.
Casi cada noche la veo mientras se cepilla el cabello frente al espejo de su tocador. Aquella larga y sedosa mata de cabello castaño.
Desterré la idea de mi mente tan rápido como había aparecido. Adara se merece algo mucho mejor que un Caído como yo. Necesitaba alguien que realmente la hiciera feliz y que Afrodita le diera la vida que le arrebataron hacía tanto tiempo.
Me dirigí a los Infiernos tan pronto como pude. Necesitaba acostarme para descansar un poco. Ojalá que no venga ninguna de esas Caídas que solo buscan ser saciadas y no saciarme a mí. Desde que cayeron se volvieron unas egoístas, algo de lo que no me había dado cuenta antes pero que tras el paso de los años uno se va fijando en esos detalles.
No tardé mucho en llegar al caluroso Infierno donde ya me esperaban varias Caídas para yacer conmigo en mi cama.
-¡Adirael!- gritaron todas entusiasmadas mientras corrían para alcanzarme.
Solté un suspiro cansado y con las manos metidas en los bolsillos de mi pantalón negro en pose despreocupada, las miré.
-¿Qué mosca os ha picado? pregunté con tono cansado.
Era verlas y me daban ganas de coger una espada para cargármelas a todas.
-Queremos pasar el tiempo contigo- dijo una de ellas, llamada Sejmet.
-No estoy de humor...- dije intentando alejarme de ellas.
-No nos digas eso que llevamos un buen rato esperando- dijo otra de ellas llamada Bast.
-Pues seguid esperando entonces- dije yo y me alejé de ellas para meterme en mi habitación.
Varios gritos de disgusto se oyeron a mis espaldas a los que no di importancia y me metí en mi refugio donde nadie podía entrar a menos que yo quisiera.
Fue el lugar en el que me refugié tras caer cuando ella se rió de mí en mi propia cara. Fui un auténtico estúpido. Tuve suerte de perderla de vista en la Edad Media cuando alguien la destruyó. Me quité la camiseta y me acosté en la cama.
Tras coger el mando del aparto de música, lo encendí a tope para así evitar oír llamadas de aquellas víboras. Miré al techo pensativamente. Aún no lograba entender por qué Adara me trató con tanta amabilidad cuando intentaba violar a una joven inocente.
Cerré los ojos por un momento y de repente ella apareció en mi margen de visión. Acababa de llegar a su casa y se metía en su habitación. La vi acercarse a su cama para luego sentarse abrazándose las rodillas. Parecía pensativa y seguro que se estaba arrepintiendo de no haberme matado.
Se miró el lugar donde faltaba el trozo de tela que había utilizado para vendarme la mano. Se levantó para quitarse la blusa y ponerse una nueva y limpia. Observé su piel de tono pálido y parecía tersa y suave aunque el taco de sus manos en la mía lo evidenciaron. Su espalda era perfecta aunque en la parte baja, por encima de la cinturilla del pantalón, tenía una mancha con forma de...
Un momento... tiene forma de fresa. Me incorporé rápidamente y abrí los ojos. Fresa. ¿De verdad tenía una mancha con forma de fresa? ¿Por qué su mancha era la misma que la de mi fruta preferida?
Es una casualidad que tuviese algo así. No pude evitar sonreír. Volví a recostarme pensando en cómo se pondría si se enterara de que sé su pequeño secreto. Esa pequeña mancha me fascinó y no dudaría en usarla como un arma para divertirme un poco con ella.
Si no podía matarme quizás es por algo. No me importaría averiguarlo ahora mismo pero si salía de mi habitación me encontraría con una horda de Caídas dispuestas a acostarse conmigo y no me apetecía nada.
Me acosté de lado y miré hacia la pared sin ningún tipo de adorno. Apenas tenía unos pocos muebles ya que era también como una especie de celda para mí puesto que me castigaba continuamente por haber sido tan estúpido. No tenía muchos lujos salvo aquel aparato de música y poco más.
Cuando acabó el disco, alguien tocó en la puerta y traté de ignorarlo tapándome la cabeza con la almohada pero la voz que sonó fuera me impidió que lo hiciese. Era Ahiah, el hijo de Semyaza.
-Adirael, contesta.
Me incorporé y miré hacia la puerta.
-¿Qué pasa?
-Lucifer quiere verte.
-¿A mí? ¿Para qué?
-No lo sé exactamente pero creo que se ha enterado de algo que no le ha gustado para nada.
Maldije para mis adentros mientras me levantaba. Como haya visto que dejé escapar a Adara, no me salvaré de un buen castigo.
Abrí la puerta y me encontré con Ahiah, un chico alto y musculoso como un guardaespaldas. Su cabeza estaba rapada y sus ojos eran de color verde. Iba con unos vaqueros desgastados y una camiseta blanca que le quedaba bastante ajustada, al parecer no sabe que existen más tallas aparte de la mediana...
Me hizo una seña para que lo siguiera. Por lo que lo seguí sin decir nada y con las manos en los bolsillos. Llegamos ante la sala principal del Infierno donde Lucifer me esperaba.

Capítulo 22 (parte 1) (Por Adara)

El parque estaba oscuro a esta hora, solo la zona principal estaba iluminada por las farolas pero yo sabía que los Caídos se escondían en la oscuridad.
Aunque ese día no me apetecía encontrarme con ninguno porque no estoy de humor. Las imágenes que aparecen de repente en mi mente me tienen en un estado de alerta y me da miedo lo que sucede. ¿Beber la sangre de un Caído provocaba semejante unión a pesar de estar casi limpia?
De repente, un ruido me alertó. Provenía de la zona oscura del parque donde todos los árboles se movían al son que marcaba el viento. Sin hacer el menor ruido, me acerqué al lugar para descubrir qué era lo que provocaba aquellos sonidos.
Lo que vi me desconcertó ya que había un Ángel Caído besando a una pobre chica que parecía no darse cuenta del peligro que corría en los brazos de aquel ser despreciable. Hice aparecer mi katana y apunté al Caído.
-Déjala...- dije con rabia en la voz.
El Ángel Caído dejó de besar a la joven pero no me dio la cara. La chica, de cabellos rubios, quedó entre los brazos de él inconsciente.
-Parece que nuestro destino es encontrarnos ¿no crees?
Aquella voz me hizo retroceder un paso y que las manos me temblaran ligeramente. Finalmente, dejó que la chica cayera al suelo de cualquier manera y se giró hacia mí. Al mirarme sonrió. Una sonrisa que denotaba malicia.
-¿Qué estabas haciendo, Adirael?
-Divertirme un poco con esta joven ¿o es que no lo estabas viendo?
-Ibas a maldecirla dejándola embarazada de un Nefilim.
Él se encogió de hombros.
-Es posible, soy casi tan bueno como lo era Badariel.
-No seas cruel. Es una joven inocente.
-Esas son las mejores ¿no crees?- me preguntó sonriendo.
La rabia creció en mi interior y corrí hacia él con la katana en alto. Cuando estuve a su altura, él cogió la katana con la mano para apartarla, luego me cogió del brazo y me atrajo hacia él quedando mi espalda contra su torso.
Mi respiración se aceleró por el miedo y no me moví ni un milímetro.
-Déjame- logré decir.
-¿Y si no quiero?
-Si no lo haces te cortaré las manos.
-Ya me corté una- dijo mostrándome la mano herida. Un gran corte recorría la palma de su mano- mira, como la última vez, ¿quieres beber un poco?
Aparté la cara para evitar que acercara su mano a mi boca.
-¿No crees que ya bebí suficiente? No sé si sabrás que a pesar de todo hay una conexión entre los dos.
-Así que después de todo estamos conectados.
-Te vi mirándote en un espejo.
-Y parece que te gustó ¿no?
-No- dije con convicción.
-Ya veo.
La mano sana acarició mi mejilla con delicadeza mientras me sostenía con la herida para evitar escapar. Bajó por mi cuello, lo que hizo que un escalofrío recorriera mi columna.
-No sigas, Adirael.
-¿Por qué, Adara? Yo sé que te gusta esto.
Posó sus labios en mi cuello y cerré los ojos con fuerza. Intenté apartarme pero él era más fuerte que yo.
-Para... basta...
-Quiero saciar mi deseo y si no es con esa chica ¿con quién lo haré? A ti te tengo aquí y por lo que veo has venido sola ¿no?
-¿Acaso te importa?
Un mordisco en la piel de mi cuello me hizo estremecer.
-Claro, con tus amiguitas aquí no podría hacer esto.
Su mano recorrió mi vientre con tanta delicadeza que sentí miedo de caer bajo el influjo de sus caricias.
-Basta... ¡basta!
Me aparté rápidamente y con respiración agitada lo miré. Adirael sonreía con los brazos a sus costados y de la mano herida caía un reguero de sangre que manchaba la hierba.
-Pues entonces mátame, pequeña, no sé por qué dudas tanto y te dejas hacer.
-No me tientes, Adirael.
-Si me dejas ir, caerá sobre tu conciencia lo que pase.
-No creo que puedas hacer nada. Tienes la mano herida.
Adirael se la miró.
-¿Acaso te estás compadeciendo de mí por estar herido?
-Es un defecto que tenemos las Ninfas de los Cielos: la compasión.
-No quiero tu compasión, Adara.
-Tampoco pensaba sentirla mucho tiempo más.
Me acerqué hasta donde estaba la chica para agacharme junto a ella y tomarle el pulso. Era constante y respiraba con normalidad. Parecía estar dormida. Probablemente de un momento a otro abriría los ojos y nos vería a ambos allí hablando y sin saber muy bien qué era lo que había sucedido.
-No la he matado si es lo que te preocupa- dijo Adirael con los brazos cruzados.
No respondí, simplemente me incorporé y lo miré.
-Me han dicho que tú no eras así...
Adirael me miró sin demostrar ningún ápice de sorpresa o cualquier otra reacción.
-¿Es que te han hablado de mí? Pensé que allá arriba ya no hablaban de gente como yo.
-Eras un ejemplo a seguir en aquella época... ¿qué pasó? ¿Qué te hizo caer?
Él cerró los puños con fuerza. No pude evitar acercarme para mirarlo a la cara. Observé sus ojos verdes fijamente y casi sin darme cuenta le cogí la mano herida.
-No era un ejemplo si luego caí...- me dijo él en un leve susurro.
-¿Te arrepientes?
-Aunque así fuera ya es tarde para eso.
Rasgué un poco de tela de mi blusón y con él envolví la mano herida de Adirael. No sé muy bien por qué estaba siendo amable con él cuando debería haberlo matado.
-Deberías matarme...- dijo él como si me hubiese leído el pensamiento.
-Estás herido, no necesito tener ningún tipo de ventaja. Quizás la próxima vez- dije mientras sonreía levemente- ahora vete de aquí antes de que la chica se despierte.
-Puedo buscar a otra.
-Algo me dice que no lo harás.
-Nunca des nada por sentado.
-Tienes muchas Ninfas Caídas para saciar tu deseo, estarán encantadas de darte todo lo que quieras, no hagas más daño a chicas inocentes.
-¿Quién te dice que te haré caso?- preguntó apartándose y mirándose la mano vendada.
Me dio la espalda para marcharse y entonces yo me agaché junto a la chica que comenzaba a despertar. Cuando ya casi lo había perdido de vista me pareció haberlo oído decir "gracias" pero seguro que solo eran imaginaciones mías.
Cuando la chica se despertó, me miró confusa y le dije que se había desmayado. La ayudé a levantarse mientras me daba las gracias por preocuparme pero si en realidad supiera lo que había sucedido, saldría corriendo gritando como una loca.
Al menos yo lo hubiese hecho.
La vi marchar mientras mi mente volvía a dirigirse hacia Adirael y la conexión que teníamos.