martes, 13 de septiembre de 2011

Capítulo 22 (parte 2) (Por Adirael)

Tenía que alejarme de ella fuera como fuese.
¿Por qué me había tratado con tanta amabilidad cuando solo soy un ser despreciable? He matado mucha gente a lo largo de los años. no merezco el buen trato de Adara. Ni el de ella ni el de nadie.
Soy un Ángel Caído.
Quizás ella no tendría que haber salido sola. Con sus amigas podrían haberme matado.
Me miré la mano vendada y recordé las palabras que ella me había dicho. ¿Cómo iba a ser yo un ejemplo para todos los Ángeles y Ninfas de los Cielos cuando caí como un estúpido por culpa de una Ninfa que cayó con todos los demás? Me dejé llevar por lo que sentía y acabé en los Infiernos sin ninguna posibilidad de enmendar mi error.
El trozo de tela de su blusón estaba empapado de sangre y todo porque quise evitar que me rebanara la cabeza con la katana cuando es lo que me merecía pero algo me decía que tenía que impedirlo.
La conexión que ambos teníamos no era solo cosa mía. Ella también la sentía como mismo me confesó.
Casi cada noche la veo mientras se cepilla el cabello frente al espejo de su tocador. Aquella larga y sedosa mata de cabello castaño.
Desterré la idea de mi mente tan rápido como había aparecido. Adara se merece algo mucho mejor que un Caído como yo. Necesitaba alguien que realmente la hiciera feliz y que Afrodita le diera la vida que le arrebataron hacía tanto tiempo.
Me dirigí a los Infiernos tan pronto como pude. Necesitaba acostarme para descansar un poco. Ojalá que no venga ninguna de esas Caídas que solo buscan ser saciadas y no saciarme a mí. Desde que cayeron se volvieron unas egoístas, algo de lo que no me había dado cuenta antes pero que tras el paso de los años uno se va fijando en esos detalles.
No tardé mucho en llegar al caluroso Infierno donde ya me esperaban varias Caídas para yacer conmigo en mi cama.
-¡Adirael!- gritaron todas entusiasmadas mientras corrían para alcanzarme.
Solté un suspiro cansado y con las manos metidas en los bolsillos de mi pantalón negro en pose despreocupada, las miré.
-¿Qué mosca os ha picado? pregunté con tono cansado.
Era verlas y me daban ganas de coger una espada para cargármelas a todas.
-Queremos pasar el tiempo contigo- dijo una de ellas, llamada Sejmet.
-No estoy de humor...- dije intentando alejarme de ellas.
-No nos digas eso que llevamos un buen rato esperando- dijo otra de ellas llamada Bast.
-Pues seguid esperando entonces- dije yo y me alejé de ellas para meterme en mi habitación.
Varios gritos de disgusto se oyeron a mis espaldas a los que no di importancia y me metí en mi refugio donde nadie podía entrar a menos que yo quisiera.
Fue el lugar en el que me refugié tras caer cuando ella se rió de mí en mi propia cara. Fui un auténtico estúpido. Tuve suerte de perderla de vista en la Edad Media cuando alguien la destruyó. Me quité la camiseta y me acosté en la cama.
Tras coger el mando del aparto de música, lo encendí a tope para así evitar oír llamadas de aquellas víboras. Miré al techo pensativamente. Aún no lograba entender por qué Adara me trató con tanta amabilidad cuando intentaba violar a una joven inocente.
Cerré los ojos por un momento y de repente ella apareció en mi margen de visión. Acababa de llegar a su casa y se metía en su habitación. La vi acercarse a su cama para luego sentarse abrazándose las rodillas. Parecía pensativa y seguro que se estaba arrepintiendo de no haberme matado.
Se miró el lugar donde faltaba el trozo de tela que había utilizado para vendarme la mano. Se levantó para quitarse la blusa y ponerse una nueva y limpia. Observé su piel de tono pálido y parecía tersa y suave aunque el taco de sus manos en la mía lo evidenciaron. Su espalda era perfecta aunque en la parte baja, por encima de la cinturilla del pantalón, tenía una mancha con forma de...
Un momento... tiene forma de fresa. Me incorporé rápidamente y abrí los ojos. Fresa. ¿De verdad tenía una mancha con forma de fresa? ¿Por qué su mancha era la misma que la de mi fruta preferida?
Es una casualidad que tuviese algo así. No pude evitar sonreír. Volví a recostarme pensando en cómo se pondría si se enterara de que sé su pequeño secreto. Esa pequeña mancha me fascinó y no dudaría en usarla como un arma para divertirme un poco con ella.
Si no podía matarme quizás es por algo. No me importaría averiguarlo ahora mismo pero si salía de mi habitación me encontraría con una horda de Caídas dispuestas a acostarse conmigo y no me apetecía nada.
Me acosté de lado y miré hacia la pared sin ningún tipo de adorno. Apenas tenía unos pocos muebles ya que era también como una especie de celda para mí puesto que me castigaba continuamente por haber sido tan estúpido. No tenía muchos lujos salvo aquel aparato de música y poco más.
Cuando acabó el disco, alguien tocó en la puerta y traté de ignorarlo tapándome la cabeza con la almohada pero la voz que sonó fuera me impidió que lo hiciese. Era Ahiah, el hijo de Semyaza.
-Adirael, contesta.
Me incorporé y miré hacia la puerta.
-¿Qué pasa?
-Lucifer quiere verte.
-¿A mí? ¿Para qué?
-No lo sé exactamente pero creo que se ha enterado de algo que no le ha gustado para nada.
Maldije para mis adentros mientras me levantaba. Como haya visto que dejé escapar a Adara, no me salvaré de un buen castigo.
Abrí la puerta y me encontré con Ahiah, un chico alto y musculoso como un guardaespaldas. Su cabeza estaba rapada y sus ojos eran de color verde. Iba con unos vaqueros desgastados y una camiseta blanca que le quedaba bastante ajustada, al parecer no sabe que existen más tallas aparte de la mediana...
Me hizo una seña para que lo siguiera. Por lo que lo seguí sin decir nada y con las manos en los bolsillos. Llegamos ante la sala principal del Infierno donde Lucifer me esperaba.

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