miércoles, 22 de febrero de 2012

Capítulo 26 (parte 1) (Por Adara)

Era la primera vez que lo veía tan vulnerable. Jamás pensé verle así. Estaba tan herido, tan decaído aunque sus ojos reflejaran algo de rabia. Aunque también mostraba algo parecido a la esperanza.
Aquella mancha blanca me había sorprendido porque nunca pensé que se le fuese a hacer más grande. ¿Acaso iba a pasar de los Infiernos a los Cielos? No parecía ser malo. Salvo cuando me secuestró junto con Isis y Airam y me dio a beber de su sangre. Las siguientes veces ni siquiera me había hecho daño. Estábamos unidos por un lazo de sangre que no podemos deshacer.
Quería abrazarlo. Las manos me picaban demasiado anhelando tocar su piel para confortarlo.
-Tu mancha no ha crecido ¿verdad?
Yo me sobresalté al oír su voz y lo miré.
-¿Qué?
-Que si tu mancha no ha crecido.
-No, al menos hasta esta mañana no...
-Sácalas- ordenó él.
Lo miré con incredulidad. ¿Me estaba dando una orden?
-¿Cómo?
-Que las saques.
-No me da la gana- él mismo acaba de echar por la borda mis sentimientos buenos hacia él- ¿por qué tengo que obedecerte? Al menos podrías pedirlo por favor ¿no crees?
-No estoy para bromas, Adara, es importante. Extiende tus alas...- pareció pensar algo y luego dijo- por favor.
No pude evitar sonreír un poco.
-¿Ves como así es mejor?- pregunté antes de extender mis alas.
Él me miró fijamente y no pude evitar apartar la mirada avergonzada y seguro que roja como un tomate.
-Tienes unas alas... magníficas- dijo alargando una mano para intentar tocarlas.
No me moví y sentí su mano sobre una de mis alas. Normalmente, siempre me aparto cuando alguien intenta tocarlas pero sorprendentemente cuando él la tocó, no hice ningún intento de apartarme. Fue una caricia suave y delicada, tanto que me dio escalofríos.
Me mordí el labio inferior y lo miré a la cara. Sus ojos mostraban algo que nunca había visto en alguien como él.
Añoranza.
De repente él se apartó, parecía avergonzado.
-Veo que no ha crecido la mancha...- dijo con voz forzada y algo ronca como si estuviera conteniendo sus sentimientos verdaderos.
-¿Estás bien?- pregunté acercándome un poco pero él se apartó aún más.
-Perfectamente, ya me has curado y tu mancha no ha crecido, ahora debo marcharme, tengo cosas que hacer. Tengo que atacar a algunos inocentes.
Pasó a mi lado sin decirme nada más pero yo sabía que había cosas que no quería decir por lo que me giré y lo agarré del brazo para detenerlo.
-Espera, no te vayas.
-¿Qué quieres?- preguntó sin girarse.
-¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan alicaído?
-¿Acaso importa? Soy un Ángel Caído, siempre estamos amargados porque tú y los tuyos no nos dejan en paz.
-Tú no eres como ellos.
-¿De verdad? ¿Eso es lo que piensas?- extendió sus alas negras y se giró- ¿Acaso mis alas negras no te indican que soy un Caído? ¿Que no hay salvación para mí? en este momento deberías estar clavándome tu maldita katana, no hablarme amablemente.
-¿Y ahora qué te pasa?- pregunté confusa- tienes alas negras ¿y qué? Tienes una mancha blanca que está creciendo lo que quiere decir que puedes salvarte.
-¡No! No tengo salvación, Adara, entiéndelo. Olvídalo. Olvida que te pedí ayuda para que me curaras, esto no tiene sentido.
No quería dejarlo marchar, algo me decía que no sentía lo que me estaba diciendo. Que en una parte de él habitaba la esperanza. Lo agarré con fuerza del brazo.
-Tú no eres el que dice eso, lo puedo ver en tus ojos. Tú deseas volver a los Cielos.
-¿De qué me valen los deseos? Los deseos no están hechos para los Caídos. Yo no deseaba que Deméter me diera esta sesión de, digamos, tortura... ¿alguien escuchó mis deseos? Nadie porque en el Infierno prevalece la ley del más fuerte y yo no soy de los más fuertes. Deméter tiene más preferencia que yo porque se acuesta con todos los que se encuentra a su paso pero tiene una obsesión conmigo y no me quiere dejar ni a sol ni a sombra. Debo obedecerle para que me deje como me viste o el mismo Lucifer acabará conmigo.
Me horroricé ante sus palabras. Era horrible que lo trataran como alguien que no se podía defender y luego lo mandaran a acabar con seres inocentes cuando él lo era casi tanto como los mortales a nuestro alrededor.
-¿Y por qué no te rebelas?
-Porque entonces pasaría a ser peor de lo que ya soy, Adara, seré alguien inferior a los demonios menores... seré relegado a la nada, me despojarán de todo y aún tengo orgullo aunque esté un poco herido.
-Los Ángeles podrían ayudarte a redimirte y alejarte de los Caídos.
Él negó con la cabeza mientras me miraba sonriendo levemente.
-No puedes hacer nada por mí, Adara. Sé que quieres ayudarme pero piensa en lo que una vez te hice. Eso te ayudará a entenderlo.
-Desde esa vez no has vuelto a hacerme daño. Ni siquiera cuando te vi en el parque.
-Tienes que olvidarme, es lo mejor. Si saben que me has tocado para curarme, me harán algo peor y es posible que a ti también.
-Sé defenderme y no me harán daño.
Adirael me agarró con fuerza de los brazos y ambos nos miramos fijamente a los ojos.
-Basta, Adara. Déjalo ya, desiste. No me gustaría que te hicieran daño por mi culpa.
Esas palabras me sorprendieron y solté un pequeño jadeo de sorpresa. De repente, noté sus labios sobre los míos. Un contacto que no esperaba y que me sorprendió aún más. Sus brazos encerraron mi cintura y me llevaron hacia él. Su abrazo se hizo muy fuerte como si no quisiera dejarme escapar.
Me relajé entre sus brazos y cedí ante su beso. Cuando estaba viva me habían besado alguna que otra vez pero nada se comparaba con lo que estaba sintiendo ahora. Era tan diferente a los besos de los franceses... Me sentía tan bien entre sus brazos, era como si encajáramos a la perfección. No quería apartarme de su lado.
Sus labios se apartaron y yo gemí pero no me soltó por lo que lo miré.
-Adirael...
Él negó con la cabeza.
-No digas nada, por favor. Es mejor que no comentemos nada de esto con nadie, eso si los de arriba no te habrán visto ya. Debo marcharme.
-Espera, esto que ha pasado...
Adirael mostró una sonrisa que me encantó y que me hizo sonreír a mí también. Le acaricié la mejilla.
-Quedará entre nosotros.
Él se apartó haciéndome sentir frío.
-¿Volveremos a vernos?- le pregunté.
-Sí. Pero no me busques, yo te buscaré a ti ¿vale?- dijo él acariciándome los labios con el pulgar.
Asentí y luego se alejó poco a poco. No quería dejarlo ir pero sabía que no podía quedarse conmigo todo el tiempo, tenía cosas que hacer al igual que yo que estaba aún preocupada por Artemisa.
Cuando ya no lo vi, salí de la trasera y me dirigí a mi casa donde encontré a Isis cocinando mientras maldecía a Artemisa y su raro comportamiento con nuestro vecino.

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